1.9.10

Mi pequela libélula telepatica...

Me dijo una vez que me faltaban muchos colores en el corazón.
Yo me asusté, y le pregunté que como podía recuperarlos... Ella me sonrió y me acarició un poco la mejilla. Justo después me dijo que era la personita más pequeña que conocía.
-No quiero ser una persona pequeña, y tampoco quiero tener un corazón vacío de colores.
Se sentó delante de mí, a unos veinte cm, así es como realmente ella me lee el alma y comenzó a hablar... con mucho cariño.
-Si quieres tener un corazón alegre, solo tienes que saber dosificar las cantidades de ti que regalas a los demás. Das todo lo que tienes... ¿Y qué te queda para ti? Los demás, ni siquiera van a devolverte la mitad de todo lo que tu das, por eso tu corazón no tiene colores... te vacias para los demás y ellos no te llenan. No niego que la gente que te rodea no merezca esas partes de ti que tú quieres compartir, pero comprende que tú también te mereces que cuides tu corazoncito, con cuidado y esmero, porque como tú sabes hacerlo, nadie más sabrá hacerlo nunca. Y ahora, sé que me dirás que hay personas que si intentan llenarte, aunque sea poco a poco, pero no te preocupes, que aun no he terminado, y también tengo que decirte algo con respecto a eso; esperas con paciencia que alguien deposite en ti, algo que le pertenezca, y tu, ansiosa de seguir dándole a los demás, haces tan tuyo eso que te han regalado, que en poco tiempo, compartes esa nueva parte de ti que alimentaba ese pequeño corazón. No es justo, y no te das cuenta. Y te haces pequeñita, poco a poco, cada vez más... y nadie se percata que hay una pequeñaja de rizos dorados y ojos sinceros esperando a encontrar a esa persona que dé y ofrezca a los demás tanto como ella.
Me quedé mirando a mi libélula con los ojos llenos de lagrimas, y me percaté de que había un pequeño atisbo de color en mi corazón... no sabía cómo agradecerle que me ayudara a darme cuenta de las cosas, entonces pensé que podía regalarle aquel pedacito de mi corazón que estaba feliz, y con mucho cuidado envolví aquellos colores en un precioso papel dorado con hilos de plata. Y se lo di, con una sonrisa sincera.
Entonces, ella me miró, aceptó mi regalo, y volvió a acariciarme la cara:
-Acabas de volver a regalar el último trocito de felicidad que te quedaba para hoy...

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